jueves, marzo 15, 2007

Una copia de ti mism@

Venga!,
Levántate!,
Corre!
Golpea!,
No pares!
Esquiva las balas!,
Muerde!,
Encaja el golpe!,
Muévete!,
Sigue, sigue!
Deja de ser una maldita copia de ti mism@ cada día

Y ahora dímelo, venga dímelo!
Vamos, contesta a mi pregunta!


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martes, marzo 06, 2007

Hagamos que el resto del planeta parezca aburrido


La puerta estaba abierta, dudó un segundo, suspiró y al final entró. Encontró el recibidor a oscuras. Al fondo un espejo reflejaba su imagen, realmente estaba preciosa. Entre la penumbra flotaban sombras proyectadas por el capricho de una vela. Un perfumado aroma llegó hasta ella, había encendido incienso. Una melodía a medio volumen cerraba el cerco. Sobre la mesita del recibidor tres cosas: una copa de vino tinto, una rosa roja y una nota.

“Bienvenida, d
esnúdate, tienes la bañera preparada”

Sonrío y con la nota aún entre sus manos probó el vino. Se volvió a mirarse de nuevo al espejo, esta vez directamente a los ojos. Decidió jugar.
Dejó caer su gabardina en el suelo, se quitó sus zapatos de tacón, y mientras avanzaba por aquel oscuro pasillo se fue desprendiendo de todas las prendas que cubrían su cuerpo, quedándose absolutamente desnuda.

Llegó a una puerta, la única iluminada. Miró en su interior. El vapor bailaba entre docenas de velas encendidas, formando nebulosas. Entre la música se oía el agua de la bañera. El segundo mensaje, estaba escrito sobre el vaho del espejo:

“Relájate un rato, luego haremos que el resto del planeta parezca aburrido”

Entró en la bañera. El olor a sales y la espuma lo cubrían todo. El agua estaba caliente, pero no quemaba. Se relajó durante unos minutos, dejando la mente en blanco. Sobre el mármol adyacente a la bañera aguardaba un albornoz y una toalla, ambos blancos, perfectamente doblados. En el suelo unas zapatillas a conjunto esperaban sus pies.

Salió del baño, esperaba encontrarlo por fin, pero el juego continuaba. Frente al espejo había una vela, antes no la había visto, junto a ella encontró un bonito pañuelo de raso negro, otra nota lo acompañaba.

“Ponte la venda, amor”



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Dudó un segundo, giró sobre su eje y no vio a nadie, entre sus manos aquella tela. Su curiosidad y excitación vencieron su compostura, se puso la venda sobre sus ojos. Se quedó quieta, muy quieta, agudizando su oído. Pasaron 30 segundos que parecieron horas, entonces escuchó unos pasos detrás suyo, se dirigían hacia ella, resonando sobre las lamas de madera que cubrían el suelo. Lo sintió girar alrededor suyo, eso le produjo una ligera sensación de desorientación. Lo sentía cerca, lo sentía muy cerca. Su perfume lo delató justo a su lado. Entones percibió que él se aproximaba por su espalda, acercando sus labios a su cuello. Mientras sus brazos, se colaban por su cintura, llegando al cinturón del albornoz. Deshizo el lazo y en un segundo el albornoz estaba en el suelo. Besó su nuca. Sus labios se trasladaron hasta su oreja. Y en un susurró le dijo: “Te deseo”



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martes, febrero 27, 2007

La vida predica a un converso

Esperando un segundo de lucidez, me mantenía como podía agarrado al saliente de aquel tortuoso desfiladero. Transpirado y con la cara sucia, sucumbía dentro de mi propia pesadilla. No sentía miedo, ya no. Había perdido demasiada sangre, al principio brotó como un surtidor de rosas rojas saliendo de mi costado, ahora me sentía más relajado, mi ansiedad se fue por el mismo agujero por donde entró aquella piedra afilada. Arriba una bandada de aves abolengas planeaba sobre el abismo, justo encima de mi cabeza. Llevaban un buen rato girando en círculos sobre mí. Abrazando el aire, acariciando cada molécula, desafiando la atmósfera. Eran sin duda, autenticas antagonistas de la gravedad. Desde abajo agarrado a la nada, como si fuera una acuarela, veía a los rapaces flotar entre colores azules, blancos y cobres.

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Todo empezó en los arrabales de mi ciudad, yo era un adolescente, andando con miedo por una vieja y bohemia calle color gris verdosa. Me dirigía a una casa de empeños, quería rescatar los objetos personales de mi abuelo. Mi tía los había vendido al mejor postor por un puñado de monedas. Llegué al umbral de aquella sórdida tienducha. Abrí la puerta, una campanilla, avisó de mi presencia. En su interior un viejo receloso, esperaba tras él mostrador. En segundos me escrutó como si yo fuera carnaza y él un tiburón. El interior de la tienda era un cementerio de objetos olvidados. Cientos de trastos viejos estaban dispuestos por todo aquel almacén sin seguir ningún patrón que desvelara orden alguno. Y allí tenía yo que encontrar los objetos del abuelo. Para rematar, a aquel horroroso lugar le acompañaba un olor nauseabundo. Tras un buen rato buscando, encontré una caja grande de cartón, dentro estaban las cosas del abuelo. Cogí lo que creí que valía más la pena. Un viejo reloj parado, una pluma estilográfica y su libreta de notas. Una preciosa moleskine de cuero marrón con una goma para abrazar sus hojas. En mi bolsillo unas cuantas monedas, todo lo que pude ahorrar realizando algunos trabajillos. Me dirigí al mostrador. La síntesis de lo que ocurrió es sencilla. La profesión vitalicia de aquel mugriento personaje era la negociación, y yo solo era un chaval sin experiencia. Así que fui afortunado en poderme llevar el cartapacio usado de mi abuelo. A cambio, vacié mi bolsillo de monedas y dejé también un jersey, ese que fue el último regalo de cumpleaños de mis padres. La verdad, no podemos decir que fui un zorro negociando, pero pude rescatar un objeto personal de mi propio abuelo.

Años después…

Mis dedos enfundados en un guante de cuero marrón tiraron con fuerza de las trinchas que ataban mi fardo, dentro guardaba un catalejo dorado. La cueva, que el abuelo describió en su preciosa moleskine no podía estar muy lejos. Contemplé a través de las lentes una opulenta roca que despuntaba entre los bosques, como un rascacielos natural. Un mapilla dibujado por su puño y letra en tinta negra indicaba su posición. Entre sus notas encontré mención a una gruta de iridiscentes paredes de jade, ese era el camino. En el interior de esa gran roca, había una piedra, un increíble diamante. La gema que yo anhelaba. La sabía divina, la quería para mí. Pero el abuelo no habló de la auténtica realidad de aquel objeto, objeto casi diabólico. En aquella misteriosa libreta, se omitía su procedencia, y por supuesto su maldición.
Encontré la gruta, era maravillosa. Algo así como caminar dentro de una cascada de amatista, cuarzo y mármoles. El camino descendía, absorbido por una pendiente. Sin darme cuenta, la montaña me estaba engulliendo. Tal y como comentaba mi abuelo en sus notas, el esófago de aquella roca se fue estrechando cada vez más. Hasta el límite que tuve que dejar todos mis enseres por el camino, para poder deslizarme como un gusano dentro aquella gruta. Por fin alcancé la cámara principal. En ella había un opulento altar, sobre él, una piedra preciosa “La piedra que te deja ver”. Eso es lo que decían las últimas palabras que había escrito mi abuelo en su cuaderno.

Anduve hacia aquella maravilla, mirándola, enloqueciendo con ella, enamorado de su belleza. Era sublime, era precisa. La cogí en mis manos, entonces una pregunta acudió a mi mente. ¿Cómo era posible que el abuelo la hubiera encontrado y no la hubiera cogido? Guardé la piedra en mi bolsillo y salí de la cueva reculando por el mismo camino que había tomado a la ida. Justo en el umbral de la cueva, donde esperaba que hubiera un camino firme, apareció una resbaladiza pendiente, trampa mortal que me obligó a rodar como una piedra cayendo por la ladera de la montaña. En mi caída, mientras me despeñaba, apareció ella en mi mente, allí mismo, en aquel lugar, ante mí. Ella me miraba a los ojos, pero estos carecían de vida. Era como si no estuviera viéndome, era como si estuviera a kilómetros de allí. Alargué mi mano hacia ella, loco de amor. Sentía que algo dentro de mí me quemaba. Y pronto, todo ya ardía. El fuego procedía de mi propia conciencia.

En mi mente se fraguó una imagen mucho más compleja de lo que al principio parecía. Esa imagen permitió que lo entendiera todo, fue repentino, lo entendí de golpe. Aquella mujer era frenética, pero al mismo tiempo frígida, vulnerable y desorientada. Era áspera como el perfil de una cicatriz y fría como el oscuro océano, pero en su interior era frágil como el cristal de una copa de vino. Era el único reptil que ha existido de sangre caliente. Lo pensé durante unos instantes, la única posibilidad que existía era enterrar lo que yo sentía por ella y esperar mil años. Con una laxa sonrisa melancólica accedí para mis adentros. Entonces el tiempo se detuvo en mi interior, mientras las agujas del reloj giraban a gran velocidad. Fue justo cuando un dolor agudo rasgo mi costado, gemí al sentirlo y también mientras caía, hasta que mi mano agarró aquel saliente por pura casualidad. Ahora, me encontraba allí colgado.

Dicen que el diablo vive en cada desfiladero y es posible. La única verdad es que el destino se empeña en darme lecciones, y no se el por qué. Digamos que predica a un converso.


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viernes, febrero 09, 2007

Fugitivos concurrentes

En aquel anochecer, la lluvia era tan fina, que parecían mil agujas clavándose en mis magullados huesos de peregrino forajido. Desde que me escabullí de las mazmorras de Carcassone, no he dejado de correr sin mirar atrás, huyendo del oscuro obispo y del peor de sus esbirros, el capitán Zorbac. Llevaba caminando de sol a sol varios días, y al fin la senda me escupió un nuevo lugar con algo de civilización. La calle principal de aquella pequeña villa era un río de lodo. Todo parecía estar desierto excepto la posada. Las ventanas iluminadas por teas y las risas incontenidas indicaban que aquel era el único lugar con actividad dentro de aquel pequeño pueblo sin nombre. La capa de monje dominico que robé de aquel carro me cubría, pero ni siquiera santo Domingo puede evitar que la lluvia cale. Teniendo en cuenta que el cansancio es incluso peor enemigo que el mismísimo capitán de la guardia, este humilde servidor necesitaba detenerse en aquel recodo de mi largo camino. Pensé que buscar ropa seca no sería mala idea e incluso beber una copa de vino. Entré en los establos adyacentes a la posada, y encontré ropa de trabajo que me puse encantado, deseoso de quitarme el hábito dominico que tan vehementemente me había servido hasta el momento, pero que ya acumulaba más agua que el Mare Nostrum. Cuando acabé de vestirme, vi entre la paja, usada como lecho por los caballos, a una hermosa mujer de ojos claros observándome escondida. Por aquel entonces, casi todo el mundo tenía un motivo por el cual huir o esconderse y no tenías precisamente por que ser malandrín. Simplemente por haber caído en desgracia ante los ojos del obispo o de su red de secuaces, ya era motivo suficiente para esconderse. Me acerque a ella con cautela, y le tendí mi mano. Ella tardó en reaccionar temerosa y desconfiada, pero en poco rato fraternalizamos. Imagino que estaba tan sola como yo. Su piel blanca y manos delicadas me indicaban que aquella doncella, era de buena cuna, ¿Cual sería su historia? Fui a la taberna en busca de dos copas de vino. Bebimos y hablamos durante un buen rato.
Entonces una preciosa melodía proveniente de la posada lo inundó todo. Era música de flauta, bien acompañada por otros instrumentos de cuerda y percusión. Nuestras pupilas se encontraron mientras acariciaba su mano. Segundos después nos incorporamos y bailamos aquella melodía tan bien interpretada. Poco después nos besamos, aquella noche la pasamos juntos desde el ocaso hasta el alba, sintiendo nuestra piel y sin hacernos preguntas.

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Por unos instantes fuimos dos fugitivos desconocidos abrazados en aquel maloliente establo, posiblemente teniendo unos instantes de felicidad tras mil desventuras.


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lunes, enero 29, 2007

El humi elegido


Aquella mañana de enero, tocaba madrugar, me levanté temprano. El primer viaje de negocios del año se presentaba en el día más frío que recordaba. Me apresuré en mis tareas rutinarias de aseo y preparación previas a un viaje. No podía perder mi tren. Una vez en la calle, sentí como un frío severo cortaba mi piel. Levanté mi mirada escrutando las pesadas nubes amenazantes sobre la ciudad. La estación no estaba demasiado lejos de mi piso, así que como había salido con tiempo me envalentone contra mi propio pronóstico meteorológico y decidí ir andando. Inmerso en mis pensamientos, no me percaté que el único sonido que me acompañaba era el eco que producían mis zapatos sobre la acera desierta. Ni un alma, ni un movimiento, nadie a la vista. El mundo parecía estar sumergido en un sueño propio de un cuento de hadas. Entonces de manera tenue, empecé a oírlo. Algo parecía arrastrase detrás de mí. Mire en derredor, no vi nada, aunque podía percibir su presencia, era como si me estuvieran observando. Me detuve. Esperé un segundo inquietante. Seguía sin ver nada. Poco a poco un creciente tornado fónico, producido por trompetas largas comenzó a emanar a través del suelo. Dos arqueros aparecieron a ambos lados de la calle. Entre una brumosa niebla, aparecieron dos paladines, custodiando a una hermosa dama. Cubierta con un vestido de gasa color espuma de mar, y con una flor adornando su cabello, se dirigía hacia mí. Mis ojos la apresaron. Tenía un grácil andar, parecía prescindir, si cabe, de tocar el suelo. Tras de ellos, un anciano enano de barba blanca y cejas pobladas, los acompañaba. A quince metros aguardaban sus monturas. La realidad pareció descomponerse por segundos cuando advertí que lo que a priori, creí sus caballos, en realidad eran unos hermosos pegasos. El más bello, bravo y salvaje de todos ellos, del cual había visto desmontar a aquella preciosa mujer, llevaba en sus dos tobillos delanteros unos grilletes unidos a unas cadenas rotas.

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La dama, se detuvo ante mi y en una desconocida lengua comenzó a hablarme. El viejo enano traducía sus palabras.

Se llamaba Agnusen, era la princesa del reino de los cristales blancos, situado más allá del linde del mundo conocido. Por alguna razón, el brujo Fasistorteles, que poseía la gracia del rey, había vaticinado un eminente ataque a su pueblo del oscuro ejército de Rohant. Incrédulo y sin apenas poder reaccionar, miraba aquella escena interpretada por unos personajes vestidos de época. El enano prosiguió alimentado por las palabras de la princesa. Al parecer el hechicero, pudo ver en sus sueños como un humi, apelativo de los seres humanos, tomaba partido en esa contienda, inclinando la balanza, hacia el lado del bien. Entonces, ella se arrodilló ante mí, haciéndome pasar el peor momento de mi vida. Sus lágrimas rodaban por su mejilla mientras besaba mis pies. El enano concluía diciéndome: El humi, salvador de nuestro pueblo, eres tu. Debes venir con nosotros y cumplir tu destino.


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miércoles, enero 17, 2007

Cambié mi vida por la tuya


Una vez, conocí a una pareja encantadora, que vivía en una preciosa casita pareada con jardín. Su felicidad era tan grande que parecían disfrutaban de todo lo que había a su alrededor. John era un hombre guapo, atlético e inteligente. Poseía un buen trabajo en una multinacional de reputación. Susan era una preciosidad de grandes ojos y simpatía infinita. Ostentaba un don especial en lo concerniente a las relaciones interpersonales. Todo el mundo parecía quererla y todos querían disfrutar de su compañía. Susan era una mujer ambiciosa y trabajadora, también tenía un buen cargo en una conocida empresa.

Los mejores amigos de ésta, nuestra pareja, eran sus atractivos vecinos. Ken y Barbie Share. Como no, tan encantadores y maravillosos como ellos. Podemos decir que la felicidad se palpaba en cada barbacoa que celebraban en alguno de sus dos fabulosos jardines, o en cada partido de tenis a dobles que practicaban con gran estilo o en cada fiesta en la que salían los cuatro, con sus maravillosos coches deportivos y sus trajes de moda.

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Entonces ocurrió algo inesperado.
Un día, llegó Susan del trabajo extraña, preocupada diría yo. John la abrazo y le pregunto: ¿Qué te pasa amor? Ella miró a su marido. Unas lágrimas brotaron de sus ojos y le dijo. John, ya no te quiero. Quiero separarme de ti. John no podía dar crédito, a las palabras que surgían de la boca de su mujer. Pero los ojos de Susan, no parecían mentir.

- Pero…, si somos felices. ¿Por qué?
Ella, se quedó en silencio, mientras sopesaba un revoltijo de culpabilidad y de valentía.
- Dime, hay otro hombre, verdad.
Susan, fue sincera por el amor que alguna vez había tenido por su marido. Y contestó, con un murmullo, que como un sable traspasó el pecho de su marido.
- Si.
- ¿Quien es él?
- Es Ken.
En ese momento el corazón de John se rompió en mil pedazos y sintió el dolor de la tristeza en su propia alma. Su amada, se había enamorado de su mejor amigo. Así que John, con lágrimas en los ojos, se dirigió a la habitación a hacer su equipaje.
Y como es normal en estos casos, John abandonó la casa dejándosela a Susan. Se mudó a un hotel.

La vida de John pareció entrar en una oscura y desconocida gruta, donde los días pasaban despacio y sin ningún acontecimiento destacable. Mil recuerdos e incomprensiones bombardeaban a cada segundo su mente abatida.
Casualmente cada día tenía que pasar por delante de su antigua casa para ir a trabajar. Los primeros meses, pasaba con el coche a toda velocidad, sin mirar, sin asomarse a su antigua vida. Pero el tiempo, sabio consejero, poco a poco fue cicatrizando las amargas heridas de John. Y por fin, pudo un día mirar al pasar. La escena que vislumbró, se repetía sistemáticamente cada mañana al pasar por su antigua residencia. Vio como de su antigua casa, se abría la puerta. Vio a su exmujer Susan, como besaba a Ken en la boca, despidiéndolo en su camino al trabajo. Una bonita escena doméstica, de no ser su exmujer y su exmejor amigo, los actores principales. La primera vez que lo vio, por un momento pasaron fugazmente pensamientos homicidas por la confusa cabeza de John. Pero luego, bajo la mirada con resignación y siguió su camino.
Un par de meses más tarde, John recibió una inesperada visita a la habitación del su hotel. Era Barbie, quería hablar con él, respecto todo lo que había pasado y lo mal que ella se encontraba. Al parecer, el mismo día que Susan habló con John, Ken habló con Barbie, para decirle exactamente lo mismo. Y como suele pasar en estos casos, Ken abandono la casa, dejándosela a ella. Barbie explicó los hechos acontecidos y sus sentimientos. Ambos lloraron y todo se tornó complicidad. Días más tarde volvieron a quedar, entonces ocurrió algo fabuloso. John besó a Barbie y ella respondió apasionada.
Tras un corto periodo de festejo, Barbie y John empezaron a vivir juntos.

Y,... ¿a qué no adivináis a quien tenían por vecinos?



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miércoles, enero 10, 2007

Júpiter despierta a Marte

Júpiter despierta a Marte. Decidido, intenta hacer hervir la sangre del más grande de los guerreros. Apresa su rostro con ambas manos y le brama con mil rugidos.

Hijo del cuarto Rey, príncipe del astro rojo ¿Cómo piensas derrotar al demonio de las dos cabezas? ¿Cómo vas a devorar al monstruo que tu mismo has creado?
Hermano, ¿cómo has podido permitir a Eris, diosa de la discordia, que arrebate tu sobriedad? ¿Acaso no nos advirtió el astro rey que ella era Leviatán? Y ahora, ¿cómo vas a romper el conjuro que llevas tatuado en tu piel?

(Silencio…) Mirada escrutadora a pocos centímetros de sus ojos. Marte no aparta ni esquiva, sus pupilas desafiantes.

Marte ¡Ahora manifiéstate!



Elige tu mejor arma. Hazla prolongación de tu diestra y aliada de tu siniestra. Libera tu mente de cada segundo mutuo. Extráela de tu centro y por fin, lánzala al vacío.

Hoy debes hacer fluir tu saliva y tu semen. Mueve tus tentáculos en las oscuras grutas. Debes llegar al principio del universo y entender tu linaje.

Perdona si mis palabras te resultan demasiado duras... Pero si tu valor huyó para siempre, o has perdido la fe en ti, debes acabar con tu amargura. Quizás Hera pueda ayudarte. En su collar guarda cápsulas narcóticas de amapola.


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domingo, enero 07, 2007

Labios de Frambuesa


Yo era un joven desmañado que devolvía al mundo miles de sonrisas diferentes. Con una inocencia razonable, podía extraer de un vistazo el áurea de las personas con las que tropezaba. Discerniendo en apenas unos segundos, si el individuo en sí, era de carne y piel, o de acero candente. Solía corretear por la escalera de mi edificio, arriba y abajo. En mi vecindad me conocían como un alocado chaval de buen trasfondo. Un día conocí a la hija de una vecina que era de mi edad. Era una chica de ojos tristes pero con sonrisa de pastel. Empezamos a coincidir en el portal del edificio, aparentemente por casualidad, hasta que la casualidad empezó a ser tan frecuente que supongo que dejó de serlo.

Solía parpadear entrecortadamente cuando escuchaba las brabuconerías que yo le explicaba. Era una solitaria adolescente de 15 años, buscando su lugar, en un mundo de cristales rotos. En su mochila, literatura de autoayuda femenina, sacos para su propia barricada. Solía decirme que éramos sordos, ciegos y mudos. Que el mundo grita a cada segundo, y nos envía arcoiris, auroras boreales y puestas de sol. Decía que sumergidos en nuestro barrio, éramos incapaces de entender aquel código. Cuando me hablaba así, yo solía mirarla estupefacto, sintiéndome mucho más niño que ella. Nos hicimos inseparables, pese a que éramos la noche y el día. Ella, una preciosidad y yo, un desastre de pelo enmarañado. Supongo que encontró en mí, un chiquillo divertido que la trasportaba a mil y una aventuras improvisadas. Un atardecer me besó sin que yo lo esperara. Esa misma tarde me enamore de aquella mujercita, de sus ojos, de su piel y de sus labios de frambuesa. Veinte años después aun la llevo en mi recuerdo.


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sábado, septiembre 09, 2006

Acuático sueño libídine


Aquel día fue uno de los más duros que recuerdo. Como una intensa granizada, todas las miserias del trabajo, valga el eufemismo, parecieron conjugarse para rebotar sobre mi. Llegué tarde a casa, y decidí darme un baño caliente. Llené la bañera. Encendí unas velas y puse música suave. Aquel era el ritual de relax para los días verdaderamente duros.

Me desnude en el mismo baño y me sumergí en el agua tibia. Mi mente se detuvo. En cinco minutos me quede absolutamente dormido dentro de aquel calido vergel de vapor y de tenues luces difuminadas.

Entre sueños sentí moverse el agua de la bañera, entreabrí los ojos y vi tu piel morena. Estabas desnuda entrando en el agua conmigo. Me mirabas a los ojos y sonreías. Jugaste un poco con el agua, aclimatándote a su temperatura. La superficie del agua estaba cubierta por una manta de espuma, eso hizo que no percibiera el movimiento subacuatico de tu mano, que como un pez se deslizó hasta tocar mi vientre. Me acariciaste dulcemente. Te mire con detalle, tenías el pelo mojado, un gracioso rubor en tus mejillas y tus pezones estaban endurecidos. Estabas preciosa. Te acaricie el cuello con mi mano, emitiste un suspiro. Te bese, tus rosados labios resbalaron sobre los míos. Sentí la punta de tu lengua acariciar la mía. El beso se extendió alcanzando barreras eróticas. Me perdí en él, me olvide del mundo, me relegue en el tiempo. No sentía ni frio ni calor, solo tu boca sobre la mía. La mano que yacía sobre mi vientre descendió, descubriendo mi excitación. Satisfecha sonreíste, alegrándote de ver que nos precipitábamos juntos por el mismo desfiladero. En unos segundos nos vimos haciendo el amor en el agua.



Me sentí tan dentro de ti que creí fundirme contigo. Nuestras respiraciones se acompasaron, y nuestro caminar fue sincrono de principio a fin. Abordamos el clímax al unísono, sintiendo entre jadeos y chillidos como nuestros pensamientos se trasformaban en orgasmo.

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jueves, julio 13, 2006

Fuerzas telúricas

Aquel atardecer me dirigí hacia el mar. Anduve por la costa peñascosa. Llegué a un arrecife conectado con los rompientes de las rocas por un estrecho desfiladero. Me asomé y lance un céntimo de euro al mar, tal y como me había dicho la bruja. Unos segundos después, el líquido elemento se oscureció. Venida de los más profundos piélagos apareció un cetáceo majestuoso. Con sus enormes ojos me examinó. La ballena abrió su boca y me habló con la voz de la sabiduría. Me contó que importantes fuerzas telúricas actuaban en mi favor. Qué la rueda seguía girando. La miré a los ojos y emití una incrédula sonrisa baladí.



Se alejó alzando una espontánea ola al golpear la superficie con su hermosa cola.

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